miércoles, 1 de enero de 2014

MI TIA



Retrocedo aproximadamente setenta años, una aldea cualquiera de Pontevedra. Dos niñas malviviendo con su madre, las tripas nunca callan, es lo acostumbrado.
El padre lejos, mucho, y con una débil memoria para eso de enviar un poco de sustento para su pequeña y casi olvidada familia... El invierno es largo y cruel con ellas. Cuando por fín llega un pequeño giro la madre lo utiliza para comprar una pequeña manta con la que taparse y una gran bolla de pan.

Ordena a la hija mayor llevar las dos cosas a la casa, vamos a llamarle así, aunque la descripción del lugar, difería mucho de parecerse a un hogar.

Debía meter el pan en una bolsa de paja que colgaba del techo, pero venía caliente...El calor de una cama, la inocencia, la ilusión, la falta de todo la llevó a colocar el alimento bajo la mantita, totalmente lógico cuando las necesidades son tan básicas.

Gracias a una vecina la niña sobrevivió a la tremenda paliza que su madre le propinó. Los gatos también estaban famélicos y destrozaron la manta para llegar al caliente manjar.

Ayer la niña me consoló mientras me lo contaba. Pasé la tarde con la mejor tía del mundo, mi segunda madre, ese ser que nada me ha pedido nunca y sólo sabe darme cariño sin que lo note.

Ositos y arroz con leche, mis vicios, a ella ayer la dejé preparando una gran olla de sopas de navidad.

Los niños deberían tener siempre la pinta de este osito que arrastrando el culete por la cuchara se va a dar un baño dulce dulce.

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