Llegué un día de verano, hacía un calor para mí desconocido que enseguida me secó la boca y petrificó el interior de mi nariz. Todo el pueblo festejaba unas bodas de plata y un muchachillo salió de la nada pidiendo una guitarra...
Desde ese día quedé atrapada por ese peculiar lugar y sus gentes.
Ya son unas cuantas aventuras, algunas que sólo yo puedo comprender y con dificultad, aunque sin duda las repetiría todas. Puedo hacer un triangulo con los lugares que forman parte de mi, uno donde nací, otro donde vivo y el otro sin duda este lugar al que alguien unido también a los otros dos, me llevó un día.
Me gustan sus gentes, te ven llegar, se alegran, nada preguntan, te integran y ya está. Tal vez la magia sea esa, ese ya está, esa normalidad con la que siguen sin florituras, dejándote hacer o no, sin más, arrastrándote en su corriente.
El último regalo que San Martín de Unx me ha hecho ha sido colarme con Manuel en un ensayo de los Mcgregor y poder incordiarles con la cámara. Una batería, dos guitarras, un bajo, cantantes varios y amigos todos.
Cuánto más interesante se puede volver todo cuando vives lejos de atontadores centros comerciales y tienes que buscarte la vida para entretenerte sin que nadie lo haga por ti...
Suele pasar que robando fotos en algún lugar piensas que es una pena no poder meter en la imagen el olor del momento, incluso el sonido...
Yo lo más que he podido esta vez, ha sido robaros imágenes llenas de ruido, ese ruido en forma de puntitos que estropean las fotos, que muestran a todas luces que no soy fotógrafa por mucho que me guste esconder mi ojo izquierdo detrás del visor, ahora eso sí, realmente había mucho ruido allí.
Y qué coño... Me encantan estas fotos, sobre todo las que no voy a publicar, las que tienen vuestras caras, vuestras risas,vuestra complicidad, gracias chicos, gracias Sergio.
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