lunes, 11 de junio de 2018

latir





Ayer tuve una conversación con mi corazón...

Me disponía a dormir, ya en cama, todo en silencio, sin luces, me acosté con ese regusto que me da saber que tengo la casa recogida, que sin duda es mi hogar, que cada vez me llena más  y con ese aroma del que mi nariz sigue queriendo llenarse desde hace tantos años, de vez en cuando.

 Dicen que suelo oler bien, pero no soy yo, son los productos que utilizo en el trabajo, yo ni los noto después de tantos años entre ellos,pero a la gente le gusta.
No acostumbro a  perfumarme, sin embargo siempre tengo un frasco de mi  perfume en casa. Cuando me siento como hoy, lo esparzo por las habitaciones y me sumerjo en su aroma. Mi perfume es de señorona de la Avenida de la Libertad en  San Sebastian, me lleva a recordarme inhalando ese olor al pasar al lado de alguna de ellas con sus abrigos de piel...ahí comenzó nuestra relación.

Y si, me acosté llenita de tranquilidad, después de un finde de trabajo de ordenador y soledad, soledad buscada, soledad necesaria, reparadora.

Pijama, edredón, Junio... sonreí  y me tapé con la ropa y el aroma. Empecé a oír su latido y hablamos.

Bueno, al principio sólo lo escuché latir y su sonido me hizo ser consciente del magnífico silencio que reinaba a mi alrededor, lo saboreé, después me dediqué simplemente a observar su ritmo y a imaginarlo ahí dentro.

Me pregunté si querría decirme algo, era raro que lo oyese tan alto y claro. Supuse que estaría cansado de aguantarme, no sé si me tendrá algo de cariño, nadie mejor que él sabe de mi vida, de mí. Aventuras,  desventuras, suspiros, ilusiones... Se me ocurrió pensar en lo bonito que para él debió ser empezar a oír a ese potrillo desbocado que era el corazón de mi hijo dentro de mi barriga, seguro que también lo sentía suyo y seguro que cuando el estudiante me regala esos abrazos tan ricos, no soy la única que se siente en casa.


Hablamos de paz, hablamos de tranquilidad, me riñó, me dijo que me va a durar toda la vida, pero que lo cuide, que quiere una jubilación digna. Terminó cantándome una nana acunada por ese aroma.


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