sábado, 3 de noviembre de 2018

Un cuento



Era hora de despertar, tenía un encargo de esos que a ella le gustaban.

Se acicaló, poco, como era su costumbre y sin prisa se aseguró de meter en su atillo todas las pócimas y ungüentos necesarios.

Hubo de volver sobre sus pasos a por un pedazo de pan para el viaje, la cena había sido abundante y aún no tenía apetito, más la distancia a recorrer era larga y estaba segura de que a medio camino se alegraría de encontrar algo que echarse al buche.

El camino fue divertido, ella disfrutaba con los árboles, los montes, las nubes... Sabía que nunca eran iguales, el paisaje le contaba cosas, le sonreía, la observaba, ella cantaba, mal, muy mal, pero le importaba un rábano, se sentía feliz.

Llegó al lugar, era un pueblo protegido por un castillo, un bonito castillo, un destrozado castillo.

La curandera sacó de su atillo el traje de princesa exploradora. Mariotín no debería saber el motivo de su visita.

Se vistió, las ropas eran cómodas, como las de cualquier exploradora, le gustaba todo menos la corona, pero claro... una princesa sin corona, ni es princesa ni nada.

Caminó un poco por el pueblo hasta hacerse la encontradiza con ellos.

Mariotín iba acompañado de su fiel escudero, un barbudo flacucho que más bien parecía un Quijote que lo que correspondía, un lustroso Sancho.

Ambos se sorprendieron al verla, la interrogaron sobre su viaje pero ella no dio detalle alguno, nunca lo entenderían.

Sólo les contó  que deberían llevarla al interior del castillo, era un asusto de vida o muerte. El escudero dio un respingo seguido de un paso atrás. Pero el muchacho aceptó sin titubear.

Partieron, Mariotín delante, nuestra amiga siguiendo sus pasos y el escudero más atrás a regañadientes.

El joven trepó hasta una entrada secreta, ayudó a la chica y ambos rieron cuando el otro hombre resbaló dando con sus posaderas en el barro.

Ya dentro del castillo les explicó que deberían encontrar una hierba trepadora mágica que sólo nacía intramuros.

El escudero temblaba, sabía que para llegar al muro en el que crecía lo que él consideraba un hierbajo sin más, tendrían muchas posibilidades de despertar al dragón que sin ninguna duda los freiría antes de preguntar qué demonios hacían allí y él no quería que eso pasase.

Pero pasó...





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